09 julio 2005

Londres no se rinde...


Lo sé, no he actualizado. El nuevo trabajo me deja cansado por la noche, leyendo y aprendiendo cosas nuevas que quizás debería saber ya. Pero eso no es importante hoy. Lo importante hoy es que Londres no se rinde.

Londres no se rinde, a pesar de que durante casi una hora, de las 8.51 a las 9.47am, estuvimos casi de rodillas. Y digo casi, porque a poco que nos dimos cuenta que esto no era el apagón o el accidente al que quisimos aferrarnos durante unos segundos, apretamos los dientes y arrimamos el hombro, al igual que en las otras capitales miembros de este club macabro.

Si os digo la verdad, se me hace difícil distinguir si las escenas más emocionantes o dolorosas fueron las de los equipos de rescate entrando en King's Cross, sabiendo que solamente una década antes hicieron lo mismo y se dejaron la vida en un viaje al infierno, o esa imagen terrible de Tony Blair, mirando al suelo y apretando los puños, inmóvil, habiéndose encontrado con su destino, después de conocer que Londres sangraba. Sin embargo, creo que lo más difícil sería el no acompañar a Ken Livingstone en su ira contenida, su dolor desbocado, cuando se lamentaba de la cobardía en un discurso que ya le pone a la altura de Churchill. Nuestro día de la infamia…

En la clínica, antes de saberlo, solo estaba enojado porque los pacientes que tenían cita no se habían preocupado de llamar para cancelar. Ahora ya sabía porque no habían llegado. El móvil me hizo saber que Katy estaba bien, aunque por estas cosas del destino hoy se encontraba en otra clínica, echando una mano porque les hacía falta gente con mucha experiencia. Llamar a casa no fue difícil, porque el fax no bloquea las llamadas al extranjero, y a partir de entonces ya no hubo teléfonos móviles...

La muerte nos rodeaba, danzando alrededor del barrio culto de Londres, donde tantos librepensadores han aprendido a tolerarse, donde figuras ejemplares de las revoluciones latinoamericanas se han cruzado con Marx en alguna sala de lectura de la British Library, o quizás en alguno de los edificios del University College. Pero ahora esa plaza de Tavistock Square quedará para siempre asociada a un autobús de la línea 30…

Habrá imágenes que ya nunca dejarán de ser hitos de la historia de nuestras vidas. Y no me refiero a esos fotogramas del horror, sino a esa fachada de la British Medical Association, mármol blanco con vísceras humanas. La casa donde vivió Charles Dickens, y su placa azul, siempre marcarán la Zona Cero de nuestra memoria.

Alguien compró sandwiches, y queríamos ver la tele en la sala de espera, mientras mentalmente hacíamos apuestas para ver a quien llamaban para ayudar en el hospital. Brian, el supervisor de la clínica decidió reunirse con los pocos médicos que no se habían ofrecido al hospital, y por lo tanto me dejó a cargo de mucha gente sin mucho que hacer aparte de fusilar la BBC en internet. Imagenes blancas, mucho retraso. La CNN lo cubría todo mucho mejor, con más cinismo, aunque la cifra de muertos no hacia más que subir, subir, subir...

Y al caer la tarde todos reflexionábamos sobre el puro azar que nos dejaba seguir vivos, y después, sin más, la ciudad se puso a caminar, de vuelta a casa, y esa fue nuestra manifestación silente, resignada.

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